martes, 2 de abril de 2019

V DOMINGO DE CUARESMA

La mujer adúltera (Jn 8,1-11)


5º domingo de Cuaresma –C. Evangelio
1 Jesús marchó al Monte de los Olivos. 2 Muy de mañana volvió de nuevo al Templo, y todo el pueblo acudía a él; se sentó y se puso a enseñarles.
3 Los escribas y fariseos trajeron a una mujer sorprendida en adulterio y la pusieron en medio.
4 —Maestro —le dijeron—, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. 5 Moisés en la Ley nos mandó lapidar a mujeres así; ¿tú qué dices? 6 —se lo decían tentándole, para tener de qué acusarle.
Pero Jesús, se agachó y se puso a escribir con el dedo en la tierra.
7 Como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:
—El que de vosotros esté sin pecado que tire la piedra el primero.
8 Y agachándose otra vez, siguió escribiendo en la tierra. 9 Al oírle, empezaron a marcharse uno tras otro, comenzando por los más viejos, y quedó Jesús solo, y la mujer, de pie, en medio. 10 Jesús se incorporó y le dijo:
—Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?
11 —Ninguno, Señor —respondió ella.
Le dijo Jesús:
—Tampoco yo te condeno; vete y a partir de ahora no peques más.
Aunque este episodio falta en bastantes códices antiguos, la Tradición de la Iglesia lo considera inspirado y canónico. Su omisión podría haberse debido a que la misericordia de Jesús hacia esta mujer habría parecido a algunos espíritus demasiado rigoristas una ocasión de relajamiento en las exigencias morales. En todo caso, el episodio viene a confirmar cómo es el juicio de Jesús (8,15): siendo el Justo, no condena; en cambio aquéllos, siendo pecadores, dictan sentencia de muerte. «Conviene avisar que nunca de tal manera nos transportemos en mirar la divina misericordia, que no nos acordemos de la justicia; ni de tal manera miremos la justicia, que no nos acordemos de la misericordia; porque ni la esperanza carezca de temor, ni el temor de la esperanza» (Fray Luis de Granada, Vida de Jesús 13).
La respuesta de Jesús (v. 7) alude al modo de practicar la lapidación entre los judíos: los testigos del delito tenían que arrojar las primeras piedras, después seguía la comunidad, para, de algún modo, borrar colectivamente el oprobio que recaía sobre el pueblo (cfr Dt 17,7). La cuestión, planteada desde un punto de vista legal, es elevada por Jesús al plano moral —que sostiene y justifica el legal— interpelando a la conciencia de cada uno. No viola la Ley, dice San Agustín, y al mismo tiempo no quiere que se pierda lo que Él estaba buscando, porque había venido a salvar lo que estaba perdido: «Mirad qué respuesta tan llena de justicia, de mansedumbre y de verdad. ¡Oh verdadera contestación de la Sabiduría! Lo habéis oído: “Cúmplase la Ley, que sea apedreada la adúltera”. Pero, ¿cómo pueden cumplir la Ley y castigar a aquella mujer unos pecadores? Mírese cada uno a sí mismo, entre en su interior y póngase en presencia del tribunal de su corazón y de su conciencia, y se verá obligado a confesarse pecador. Sufra el castigo aquella pecadora, pero no por mano de pecadores; ejecútese la Ley, pero no por sus transgresores» (S. Agustín, In Ioannis Evangelium 33,5).

jueves, 28 de marzo de 2019

IV DOMINGO DE CUARESMA

El hijo pródigo (Lc 15,1-3.11-32)

4º domingo de Cuaresma –C. Evangelio
1 Se le acercaban todos los publicanos y pecadores para oírle. 2 Pero los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:
—Éste recibe a los pecadores y come con ellos.
3 Entonces les propuso esta parábola:
11 —Un hombre tenía dos hijos. 12 El más joven de ellos le dijo a su padre: «Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde». Y les repartió los bienes. 13 No muchos días después, el hijo más joven lo recogió todo, se fue a un país lejano y malgastó allí su fortuna viviendo lujuriosamente. 14 Después de gastarlo todo, hubo una gran hambre en aquella región y él empezó a pasar necesidad. 15 Fue y se puso a servir a un hombre de aquella región, el cual lo mandó a sus tierras a guardar cerdos; 16 le entraban ganas de saciarse con las algarrobas que comían los cerdos, y nadie se las daba. 17 Recapacitando, se dijo: «¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan abundante mientras yo aquí me muero de hambre! 18 Me levantaré e iré a mi padre y le diré: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; 19 ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros”». 20 Y levantándose se puso en camino hacia la casa de su padre.
»Cuando aún estaba lejos, le vio su padre y se compadeció. Y corriendo a su encuentro, se le echó al cuello y le cubrió de besos. 21 Comenzó a decirle el hijo: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo». 22 Pero el padre les dijo a sus siervos: «Pronto, sacad el mejor traje y vestidle; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; 23 traed el ternero cebado y matadlo, y vamos a celebrarlo con un banquete; 24 porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado». Y se pusieron a celebrarlo.
25 »El hijo mayor estaba en el campo; al volver y acercarse a casa oyó la música y los cantos 26 y, llamando a uno de los siervos, le preguntó qué pasaba. 27 Éste le dijo: «Ha llegado tu hermano, y tu padre ha matado el ternero cebado por haberle recobrado sano». 28 Se indignó y no quería entrar, pero su padre salió a convencerle. 29 Él replicó a su padre: «Mira cuántos años hace que te sirvo sin desobedecer ninguna orden tuya, y nunca me has dado ni un cabrito para divertirme con mis amigos. 30 Pero en cuanto ha venido ese hijo tuyo que devoró tu fortuna con meretrices, has hecho matar para él el ternero cebado». 31 Pero él respondió: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; 32 pero había que celebrarlo y alegrarse, porque ese hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado».
Estamos ante una de las parábolas más bellas de Jesús. La grandeza del corazón de Dios, su misericordia infinita, descrita en las parábolas anteriores, se completa ahora con unos rasgos vivísimos de las acciones del Padre (vv. 20-24; 31-32). En la parábola tiene enorme relieve el hecho mismo de la conversión: «El proceso de la conversión y de la penitencia fue descrito maravillosamente por Jesús en la parábola llamada “del hijo pródigo”, cuyo centro es “el Padre misericordioso” (Lc 15,11-24): la fascinación de una libertad ilusoria, el abandono de la casa paterna; la miseria extrema en la que el hijo se encuentra tras haber dilapidado su fortuna; la humillación profunda de verse obligado a apacentar cerdos, y peor aún, la de desear alimentarse de las algarrobas que co­mían los cerdos; la reflexión sobre los bienes perdidos; el arrepentimiento y la decisión de declararse culpable ante su padre, el camino de retorno; la acogida generosa del padre; la alegría del padre: todos estos son rasgos propios del proceso de conversión. Las mejores vestiduras, el anillo y el banquete de fiesta son símbolos de esta vida nueva, pura, digna, llena de alegría que es la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de su familia, que es la Iglesia. Sólo el corazón de Cristo, que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1439).
La parábola, muy sencilla en su profundidad, se narra desde tres perspectivas: la del hijo menor, la del padre y la del hijo mayor. La historia del hijo menor es casi un modelo del proceso del pecador: el abandono de la casa paterna, la marcha a un país lejano donde no puede cumplir los deberes de piedad con Dios ni con los suyos, la vida con los cerdos, etc. (vv. 13-15). Por eso, «aquel hijo (...) es en cierto sentido el hombre de todos los tiempos, comenzando por aquel que primeramente perdió la herencia de la gracia y de la justicia original. (...) La parábola toca indirectamente toda clase de rupturas de la alianza de amor, toda pérdida de la gracia, todo pecado» (Juan Pablo II, Dives in misericordia, n. 5). Pero, en un momento determinado, toma la decisión de la conversión. Esa decisión se compone de varias acciones: el hijo sabe que no sólo ha ofendido a su padre, sino también a Dios (v. 18), y, sobre todo, es consciente de la gravedad de su pecado: «En el centro de la conciencia del hijo pródigo, emerge el sentido de la dignidad perdida, de aquella dignidad que brota de la relación del hijo con el padre. Con esta decisión emprende el camino» (ibidem, n. 19).
El relato nos muestra a continuación al Padre. Su modo de obrar resulta sorprendente, como lo es el obrar de Dios con los hombres. Ciertamente el perdón es también humano, pero, al perdón, el padre le añade el mejor traje, el anillo, las sandalias y el ternero cebado: «El padre del hijo pródigo es fiel a su paternidad, fiel al amor que desde siempre sentía por su hijo. Tal fidelidad se expresa en la parábola no sólo con la inmediata prontitud en acogerlo cuando vuelve a casa después de haber malgastado el patrimonio; se expresa aún más plenamente con aquella alegría, con aquel júbilo tan generoso respecto al disipador después de su vuelta» (ibidem, n. 6).
Todavía la parábola se detiene en otro personaje: el hijo mayor que se siente ofendido por los gestos del padre. En el contexto histórico del ministerio público de Jesús representa la posición de algunos judíos que «se tenían por justos» (18,9) y pensaban que Dios estaba obligado a reconocer «sus obras de justicia», despreciadas y ofendidas por la conducta misericordiosa de Jesús hacia los pecadores. Por eso, en esta tercera escena, las quejas del hijo y las palabras del padre ocupan casi el mismo espacio: «El hombre —todo hombre— es también este hermano mayor. El egoísmo le hace ser celoso, le endurece el corazón, lo ciega y le hace cerrarse a los demás y a Dios. La benignidad y la misericordia del Padre lo irritan y lo enojan; la felicidad por el hermano hallado tiene para él un sabor amargo. También bajo este aspecto él tiene necesidad de convertirse para reconciliarse» (Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, n. 6).

lunes, 25 de marzo de 2019

III DOMINGO DE CUARESMA

La zarza ardiendo (Ex 3,1-8a.13-15)

3º domingo de Cuaresma – C. 1ª lectura
1 Moisés apacentaba el rebaño de su suegro Jetró, sacerdote de Madián; solía conducirlo al interior del desierto, llegando hasta el Horeb, el monte de Dios. 2 El ángel del Señor se le manifestó en forma de llama de fuego en medio de una zarza. Moisés miró: la zarza ardía pero no se consumía. 3 Y se dijo Moisés: «Voy a acercarme y comprobar esta visión prodigiosa: por qué no se consume la zarza». 4 Vio el Señor que Moisés se acercaba a mirar y lo llamó de entre la zarza:
—¡Moisés, Moisés!
Y respondió él:
—Heme aquí.
5 Y dijo Dios:
—No te acerques aquí; quítate las sandalias de los pies, porque el lugar que pisas es tierra sagrada.
6 Y añadió:
—Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob.
Moisés se cubrió el rostro por temor a contemplar a Dios. 7 Luego dijo el Señor:
—He observado la opresión de mi pueblo en Egipto, he escuchado su clamor por la dureza de sus opresores, y he comprendido sus sufrimientos. 8a He bajado para librarlos del poder de Egipto y para hacerlos subir de ese país a una tierra buena y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel.
13 Moisés replicó:
—Cuando me acerque a los hijos de Israel y les diga: «El Dios de vuestros padres me envía a vosotros», y me pregunten cuál es su nombre, ¿qué he de decirles?
14 Y le dijo Dios a Moisés:
—Yo soy el que soy.
Y añadió:
—Así dirás a los hijos de Israel: «Yo soy» me ha enviado a vosotros.
15 Y le dijo más:
—Así dirás a los hijos de Israel: «El Señor, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob, me envía a vosotros». Éste es mi nombre para siempre; así seré invocado de generación en generación.
El monte de Dios, el Horeb, llamado en otras tradiciones el Sinaí, está situado probablemente al sudeste de la península del Sinaí. Todavía hoy los pastores de aquellas latitudes abandonan los valles requemados por el sol y buscan pastos más frescos en las montañas. Aunque su localización exacta sigue siendo problemática, tuvo una importancia primordial en la historia de la salvación. En ese mismo monte se promulgará más tarde la Ley (cap. 19), dentro de otra impresionante teofanía. Allí volverá Elías a encontrarse con Dios (1 R 19,8-19). Es el monte de Dios por antonomasia.
El «ángel del Señor» (v. 2) es probablemente una expresión que indica la presencia de Dios. En los relatos más antiguos (cfr. p.ej., Gn 16,7; 22,11.14; 31,11.13) inmediatamente después de presentarse el ángel, es Dios mismo quien habla: siendo Dios invisible se encuentra presente y actúa en «el ángel del Señor» que no suele aparecer con figura humana. Será en la época de los reyes cuando comience a reconocerse la existencia de mensajeros celestiales distintos de Dios (cfr 2 S 19,28; 24,16; 1 R 19,5.7, etc.).
El fuego acompaña frecuentemente las teofanías (cfr, p.ej., Ex 19,18; 24,17; Lv 9,23-24; Ez 1,17), posiblemente porque es un símbolo muy apropiado de la espiritualidad y de la trascendencia divina. Las zarzas aquí mencionadas aluden a uno de los muchos arbustos espinosos que brotan en las montañas desérticas de aquella región. Algunos escritores cristianos han visto en la zarza ardiendo una imagen de la Iglesia que no perecerá a pesar de las persecuciones y de las dificultades. También la refieren a Santa María, en la cual ardió siempre la divinidad (cfr S. Beda, Commentaria in Pentateuchum 2,3).
Todos los detalles del pasaje realzan el carácter sencillo y a la vez prodigioso del actuar divino: las circunstancias son ordinarias: pastoreo, monte, zarza...; pero los fenómenos que ocurren son extraordinarios: ángel del Señor, llama incombustible, voz perceptible.
La vocación de Moisés está descrita en este magnífico diálogo en cuatro momentos: Dios le llama por su nombre (v. 4), se presenta como el Dios de sus antepasados (v. 6), le descubre con términos entrañables el proyecto de liberación (vv. 7-9) y, por último, le transmite imperiosamente su misión (v. 10).
La repetición del nombre de Moisés acentúa la importancia del acontecimiento (cfr Gn 22,11; Lc 22,31). El gesto de descalzarse refleja la veneración ante un lugar santo. En algunas comunidades bizantinas se mantuvo durante mucho tiempo la costumbre de celebrar la liturgia descalzos o con un calzado distinto del ordinario. Los autores cristianos han visto en este gesto un acto de humildad y de desprendimiento ante la presencia de Dios: «Nadie puede acceder a Dios o verlo —menciona la Glosa ordinaria—, si previamente no se ha despojado de todo apego terreno» (Glossa in Exodum 3,4).
El autor sagrado constata que el Dios del Sinaí es el mismo de los antepasados; Moisés no es, por tanto, fundador de una religión nueva, sino que asume la tradición religiosa de los patriarcas, subrayando la elección de Israel como pueblo de Dios. Con cuatro verbos muy expresivos se describe tal elección: he observado..., he escuchado..., he comprendido..., he bajado para librarlos. No hay en esta secuencia ninguna acción humana, sólo su opresión, su clamor, su desgracia. En cambio, Dios se ha marcado un objetivo claro: «librarlos y hacerlos subir... a la tierra» (v. 8). Estos dos términos han de hacerse característicos de la acción salvadora de Dios. Subir a la tierra prometida va a significar, además de una ascensión geográfica, un caminar hacia la plenitud. El Evangelio de San Lucas recogerá esta misma idea. El mandato imperativo es claro en el texto original (v. 10): «Para que saques (hagas salir) a mi pueblo, a los hijos de Israel, de Egipto». Es otra fórmula de la hazaña salvífica que da nombre al libro: según las tradiciones griega y latina «éxodo» significa salida.
La descripción de la tierra prometida (v. 8a) es también intencionada al señalar su fertilidad y su extensión. La fertilidad se refleja en sus productos básicos: leche y miel (Lv 20,24; Nm 13,27; Dt 26,9.15; Jr 11,5; 32,22; Ez 20,15). Ése era el alimento ideal del desierto, de ahí que el país donde abunda, sea un país paradisíaco,
Moisés expone una nueva dificultad para su misión (v.13): no conoce el nombre de Dios, que le envía. Surge así la manifestación del nombre, «Yahwéh», y la explicación de su significado: «Soy el que soy».
Según la tradición que recoge Gn 4,26 un nieto de Adán, Enós, fue el primero en invocar el nombre del Señor (de Yahwéh). De este modo, el texto bí­blico deja constancia de que una parte de la humanidad conoció al verdadero Dios, cuyo nombre será solemnemente manifestado a Moisés (Ex 3,15 y 6,2). Los Pa­triarcas invocaban a Dios con otros nombres, que provenían de atributos di­vinos, como el Omnipotente («El-Sa­day», Gn 17,1; Ex 6,2-3). La raíz de algunos nombres propios que aparecen en documentos muy antiguos podría ser señal de que el nombre de Yahwéh existía con ante­rioridad. Sin embargo, muchos autores pien­san que su origen hay que vincularlo al episodio de la zarza. En cualquier caso, el relato de la revelación del nombre divino es im­por­tante en la historia de la salvación, porque con él Dios será invocado a lo largo de los siglos.
Sobre el significado de Yahwéh se han propuesto muchísimas soluciones que quizá no se excluyan unas a otras. Las más importantes son las siguientes:
a) Dios en este episodio contesta con una evasiva, para evitar que aquellos antiguos, contagiados de ritos mágicos, pensaran que conociendo el sentido del nombre tenían poder sobre la divinidad. Según esta hipótesis «Soy el que soy» equivaldría a «Soy el que no podéis conocer», «el innombrable». Esta solución subraya la trascendencia de Dios.
b) Dios manifestó más bien su propia naturaleza de ser subsistente. «Soy el que soy» significa el que es por sí mismo, el ser absoluto. El nombre divino indica al que es por esencia, a aquel cuya esencia es ser. Dios dice que Él es y con qué nombre se le ha de llamar. Dicha explicación aparece frecuentemente en la interpretación cristiana.
c) Basándose en que Yahwéh es una forma causativa del antiguo verbo hebreo hwh (ser), Dios se mostraría como «el que hace ser», el creador. No tanto en su sentido más amplio, como creador del universo, sino sobre todo, en concreto: el que da el ser al pueblo y está siempre con él. Así invocar a Yahwéh traerá siempre a la memoria del buen israelita la razón de ser de su existencia, como individuo y como miembro de un pueblo elegido.
Ninguna explicación es del todo satisfactoria. «Este Nombre Divino es misterioso como Dios es Misterio. Es a la vez un Nombre revelado y como la resistencia a tomar un nombre propio, y por esto mismo expresa mejor a Dios como lo que él es, infinitamente por encima de todo lo que podemos comprender o decir: es el “Dios escondido” (Is 45,15), su nombre es inefable (cfr Jc 13,18), y es el Dios que se acerca a los hombres» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 206).
En época tardía, hacia el siglo IV a.C., por reverencia al nombre de Yahwéh se evitó pronunciarlo, sustituyéndolo en la lectura del texto sagrado por «Adonay» (mi Señor). La versión griega lo traduce por Kyrios y la latina por Dominus. «Con este título será aclamada la divinidad de Jesús: “Jesús es Señor”» (ibidem, n. 209). También en nuestra traducción hemos preferido respetar la tradición judía y utili­zar siempre «el Señor». La forma me­dieval Jehovah es el resultado de leer equivocadamente el texto hebreo vocalizado por los masoretas; es un error injustificable en nuestro días (cfr ibidem, n. 446).

viernes, 15 de marzo de 2019

II DOMINGO DE CUARESMA

La Alianza con Abrahán (Gn 15,5-12.17-18)


2º domingo de Cuaresma – C. 1ª lectura
5 Entonces le llevó afuera y le dijo:
—Mira al cielo y cuenta, si puedes, las estrellas.
Y añadió:
—Así será tu descendencia.
6 Abrán creyó en el Señor, quien se lo contó como justicia.
7 Después le dijo:
—Yo soy el Señor que te saqué de Ur de los Caldeos para darte esta tierra en posesión.
8 Abrán contestó:
—¡Mi Señor Dios! ¿Cómo conoceré que voy a poseerla?
9 Le respondió:
—Tráeme una ternera de tres años, una cabra de tres años, un carnero de tres años, una tórtola y un pichón.
10 Abrán los trajo, los partió por medio y puso cada mitad enfrente de la otra; pero no partió las aves. 11 Los buitres bajaban a los cadáveres y Abrán los ahuyentaba.
12 Cuando estaba poniéndose el sol, un profundo sueño cayó sobre Abrán, y le invadió un terror enorme y tenebroso.
17 Se puso el sol y sobrevino la oscuridad; y apareció una hoguera humeante, y una llama de fuego que pasó entre aquellas mitades.
18 Aquel día el Señor estableció una alianza con Abrán, diciéndole:
—A tu descendencia daré esta tierra, desde el río de Egipto, hasta el gran río, el río Éufrates: 19 la tierra de los quenitas, quenizitas, cadmonitas, 20 hititas, perezeos, refaítas, 21 amorreos, cananeos, guirgaseos y jebuseos.
Se le pidió a Abrahán un acto de fe en la palabra de Dios, y Abrahán creyó lo que Dios le decía. Por eso agradó a Dios y fue considerado justo. De ahí que Abrahán quede constituido como el padre de todos aquellos que creen en Dios y en su palabra de salvación.
A la luz de este pasaje, San Pablo verá en la figura de Abrahán el modelo de cómo el hombre llega a ser justo ante Dios: por la fe en su palabra, siendo la palabra definitiva el anuncio de que Dios nos salva mediante la muerte y la resurrección de Jesucristo. De este mo­do, Abrahán no sólo llega a ser el padre del pueblo hebreo según la carne, sino también el padre de quienes sin ser he­breos han venido a formar parte del nuevo pueblo de Dios mediante la fe en Jesucristo: «Pues decimos: a Abrahán la fe se le contó como justicia. ¿Cuándo, pues, le fue tenida en cuenta?, ¿cuando era circunciso o cuando era incircunciso? No cuando era circunciso, sino cuando era incircunciso. Y recibió la señal de la circuncisión como sello de justicia de aquella fe que había recibido cuando era incircunciso, a fin de que él fuera padre de todos los creyentes incircuncisos, para que también a éstos la fe se les cuente como justicia; y padre de la circuncisión, para aquellos que no sólo están circuncisos, sino que también siguen las huellas de la fe de nuestro padre Abrahán, cuando aún era incircunciso» (Rm 4,9-12).
La fe de Abrahán se manifiesta en su obediencia a Dios: cuando salió de su tierra (cfr 12,4) y cuando más tarde estuvo dispuesto a sacrificar a su hijo (cfr 22,1-4). Este aspecto de la obediencia de Abrahán es el que pondrá especialmente de relieve la Epístola de Santiago, invitando a los cristianos a dar pruebas de la autenticidad de la fe mediante la obediencia a Dios y las buenas obras: «Abrahán, nuestro padre, ¿acaso no fue justificado por las obras, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? ¿Ves cómo la fe cooperaba con sus obras y cómo la fe alcanzó su perfección por las obras? Y así se cumplió la Escritura que dice: “Creyó Abrahán a Dios y le fue contado como justicia”, y fue llamado amigo de Dios» (St 2,21-23).
Se pone de relieve con extraordinaria fuerza la firmeza de la promesa divina de la tierra. Para ello Dios ordena hacer un rito de alianza en el que se es­cenifica el compromiso adquirido por ambas partes. Según ese antiguo rito (cfr Jr 34,18), el paso de los que hacían el pacto entre las víctimas divididas en dos significaba que también debería ser descuartizado quien lo quebrantase. El texto muestra, precisamente, que Dios, representado en la antorcha de fuego, pasó entre las mitades ensangrentadas de las víctimas, rubricando de este modo su pro­mesa.
Así presenta el libro del Génesis el derecho que el pueblo de Israel tiene a la tierra de Canaán, dando razón, al mismo tiempo, de por qué sólo había llegado a pertenecerles en época reciente, después de la salida de Egipto. En el mismo acto de la promesa entra ya, en forma de una oscura premonición a Abrahán, el anuncio de las tribulaciones que el pueblo habría de sufrir hasta su cumplimiento. Se da explicación también de por qué Dios ha quitado la tierra a los cananeos, designados aquí como amorreos: porque se ha colmado su maldad. Dios aparece de este modo como Señor de la tierra y de la historia.

lunes, 11 de marzo de 2019

I DOMINGO DE CUARESMA 2019

Las tentaciones de Jesús (Lc 4,1-13)


1º domingo de Cuaresma –C. Evangelio
1 Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó del Jordán y fue conducido por el Espíritu al desierto, 2 donde estuvo cuarenta días y fue tentado por el diablo. No comió nada en estos días, y al final sintió hambre. 3 Entonces le dijo el diablo:
—Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan.
4 Y Jesús le respondió:
—Escrito está:
No sólo de pan vivirá el hombre.
5 Después el diablo lo llevó a un lugar elevado y le mostró todos los reinos de la superficie de la tierra en un instante 6 y le dijo:
—Te daré todo este poder y su gloria, porque me han sido entregados y los doy a quien quiero. 7 Por tanto, si me adoras, todo será tuyo.
8 Y Jesús le respondió:
—Escrito está:
Adorarás al Señor tu Dios
y solamente a Él darás culto.
9 Entonces lo llevó a Jerusalén, lo puso sobre el pináculo del Templo 10 y le dijo:
—Si eres Hijo de Dios, arrójate de aquí abajo, porque escrito está:
Dará órdenes a sus ángeles sobre ti
para que te protejan
11 y te lleven en sus manos,
no sea que tropiece tu pie contra alguna piedra.
12 Y Jesús le respondió:
—Dicho está: No tentarás al Señor tu Dios.
13 Y terminada toda tentación, el diablo se apartó de él hasta el momento oportuno.
En el inicio de su misión salvadora, el Señor ayuna (vv. 2-3) y sufre las tentaciones de Satanás. Los tres evangelios sinópticos recuerdan que el episodio tiene lugar en el «desierto» (v. 1). Con esa palabra (cfr 3,2) se designa probablemente la depresión que hay junto al Jordán, al norte del Mar Muerto. Sin embargo, también tiene un sentido teológico: en el desierto fueron tentados, y vencidos, Moisés e Israel; en el desierto es tentado Jesús, que vence donde otros cayeron: el diablo quiere apartar a Jesús de su misión, pero Jesús le vence. Ya que en el tercer evangelio la genealogía del Señor llega hasta Adán, la tradición cristiana vio en este relato una victoria de Jesús como antitipo de Adán; donde Adán fue vencido, Jesús venció, inaugurando así la nueva humanidad: «Es conveniente recordar cómo el primer Adán fue expulsado del paraíso al desierto, para que adviertas cómo el segundo Adán viene del desierto al paraíso. Ves cómo sus daños se reparan siguiendo sus encadenamientos y cómo los beneficios divinos se renuevan tomando sus propias trazas» (S. Ambrosio, Expositio Evangelii secundum Lucam, ad loc.).
En la primera tentación (vv. 3-4), el evangelista narra cómo el diablo pone a prueba la filiación divina de Jesús que Dios Padre acaba de proclamar (cfr 3, 22); en la segunda (vv. 5-8), le ofrece el reinado de este mundo a cambio de un homenaje a Satán; en la tercera (vv. 9-12), situado en el pináculo del Templo de Jerusalén, el diablo le propone escapar de la muerte ostentosamente en virtud de ser Hijo de Dios. Esta narración es muy semejante a la de San Mateo aunque se diferencia en el orden de las tentaciones: la segunda de Mateo viene como la tercera en Lucas, y viceversa. Como el orden de San Mateo coincide con el de las tentaciones de Israel en el libro del Éxodo (cfr nota a Mt 4,1-11), y en el Evangelio de San Lucas, Jerusalén y, más en concreto, el Templo tienen gran relieve —allí concluyen el Evangelio de la infancia, y el evangelio entero—, se suele pensar que San Lucas ha acomodado aquí el orden para destacar la Ciudad Santa: en Jerusalén se consuma nuestra salvación, y también la victoria de Jesús sobre «toda» tentación (v. 13): «No diría la Sagrada Escritura que acabada toda tentación se retiró el diablo de Él, si en las tres no se hallase la materia de todos los pecados. Porque la causa de las tentaciones son las causas de las concupiscencias: el deleite de la carne, el afán de gloria y la ambición de poder» (Sto. Tomás de Aquino, Summa theologiae 3,41,4 ad 4).
Jesús vence ahora al diablo, y el texto dice que éste esperó al «momento oportuno» (v. 13). Se refiere, sin duda, a la pasión y muerte del Señor. En el comienzo del relato de la pasión, San Lucas dice que «entró Satanás en Judas» (22,3), y a partir de ahí se desencadenan los acontecimientos (cfr nota a 22,1-6). Pero también entonces vencerá Jesús: con su aceptación filial del designio del Padre, liberará a los hombres de quien tenía el poder de la muerte, es decir, el diablo (cfr Hb 2,14). A diferencia de Mateo y Marcos, San Lucas no recuerda que los ángeles sirvieron al Señor al acabar las tentaciones; en cambio, sí menciona el consuelo de un ángel en la agonía de Getsemaní (22,43): «El Maestro quiso ser tentado en todas las cosas en las cuales lo somos nosotros, como quiso morir porque nosotros morimos; como quiso resucitar, porque también habíamos de resucitar» (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 90,2,1).
El pasaje nos enseña también que las armas para vencer las tentaciones son la oración, el ayuno, no dialogar con la tentación, tener en los labios las palabras de Dios en la Escritura y poner la confianza en el Señor.

domingo, 10 de febrero de 2019

V DOMINGO DE TIEMPO ORDINARIO

Pescador de hombres (Lc 5,1-11)


5º domingo del Tiempo ordinario – C. Evangelio
1 Estaba Jesús junto al lago de Genesaret y la multitud se agolpaba a su alrededor para oír la palabra de Dios. 2 Y vio dos barcas que estaban a la orilla del lago; los pescadores habían bajado de ellas y estaban lavando las redes. 3 Entonces, subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que la apartase un poco de tierra. Y, sentado, enseñaba a la multitud desde la barca.
4 Cuando terminó de hablar, le dijo a Simón:
—Guía mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca.
5 Simón le contestó:
—Maestro, hemos estado bregando durante toda la noche y no hemos pescado nada; pero sobre tu palabra echaré las redes.
6 Lo hicieron y recogieron gran cantidad de peces. Tantos, que las redes se rompían. 7 Entonces hicieron señas a los compañeros que estaban en la otra barca, para que vinieran y les ayudasen. Vinieron, y llenaron las dos barcas, de modo que casi se hundían. 8 Cuando lo vio Simón Pedro, se arrojó a los pies de Jesús, diciendo:
—Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador.
9 Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos estaban con él, por la gran cantidad de peces que habían pescado. 10 Lo mismo sucedía a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Entonces Jesús le dijo a Simón:
—No temas; desde ahora serán hombres los que pescarás.
11 Y ellos, sacando las barcas a tierra, dejadas todas las cosas, le siguieron.
San Lucas relata la vocación de Pedro y de los primeros discípulos de manera ligeramente distinta a los otros evangelios (cfr Mt 4,18-25; Mc 1,16-20; Jn 1,35-51). Los cuatro evangelios anotan que la llamada tuvo lugar en los inicios de la vida pública, y los cuatro recuerdan la voz apremiante de Cristo y la respuesta inmediata de los discípulos. Sin embargo, Mateo y Marcos colocan ese llamamiento como primer acto del ministerio de Jesús, subrayando así la identificación de los discípulos con su maestro; Lucas, en cambio, lo hace preceder de un breve ministerio de Jesús en Cafarnaún y de un cierto trato entre el Señor y estos Apóstoles.
La narración deja transparentar la relación especial de Jesús con Pedro ya que éste es su interlocutor a lo largo de todo el relato (cfr vv. 3.4.5.8.10), y será él quien gobierne después la barca de la Iglesia. «Antes de ser apóstol, pescador. Después de apóstol, pescador. La misma profesión que antes, después. ¿Qué cam­bia entonces? Cambia que en el alma —porque en ella ha entrado Cristo, co­mo subió a la barca de Pedro— se presentan horizontes más amplios, más ambición de servicio, y un deseo irreprimible de anunciar a todas las criaturas las magnalia Dei (Hch 2,11), las cosas maravillosas que hace el Señor, si le dejamos hacer» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, nn. 264-265).
Por otra parte, en el curso completo de los acontecimientos se vislumbra lo que va a ser la misión de la Iglesia: en nombre propio los discípulos se fatigarán y no conseguirán fruto (v. 5); en cambio, en nombre del mandato de Cristo el fruto será incluso desproporcionado (vv. 6.10). «Duc in altum! Esta palabra resuena también hoy para nosotros y nos invita a recordar con gratitud el pasado, a vivir con pasión el presente y a abrirnos con confianza al futuro: “Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y siempre”» (Juan Pablo II, Novo millennio ineunte, n. 1).
Ante las obras del Señor surge en Pedro el asombro (v. 9) y la conciencia de la indignidad personal (v. 8). Pero, entonces, como Zacarías (1,13), como la Virgen (1,30), como todas las personas elegidas por Dios para una misión, Pedro oye la palabra de Dios que le infunde confianza: «No temas» (v. 10): «Si notas que no puedes, por el motivo que sea, dile, abandonándote en Él: ¡Señor, confío en Ti, me abandono en Ti, pero ayuda mi debilidad! Y lleno de confianza, repítele: mírame, Jesús, soy un trapo sucio; la experiencia de mi vida es tan triste, no merezco ser hijo tuyo. Díselo...; y díselo muchas veces. —No tardarás en oír su voz: ne timeas! —¡no temas!; o también: surge et ambula! —¡levántate y anda!» (S. Josemaría Escrivá, Forja, n. 287).

martes, 29 de enero de 2019

II DOMINGO TIEMP ORDINARIO

Las bodas de Caná (Jn 2,1-11)


2º domingo del Tiempo ordinario – C. Evangelio
1 Al tercer día se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y estaba allí la madre de Jesús. 2 También fueron invitados a la boda Jesús y sus discípulos. 3 Y, como faltó vino, la madre de Jesús le dijo:
—No tienen vino.
4 Jesús le respondió:
—Mujer, ¿qué nos importa a ti y a mí? Todavía no ha llegado mi hora.
5 Dijo su madre a los sirvientes:
—Haced lo que él os diga.
6 Había allí seis tinajas de piedra preparadas para las purificaciones de los judíos, cada una con capacidad de unas dos o tres ºmetretas. 7 Jesús les dijo:
—Llenad de agua las tinajas.
Y las llenaron hasta arriba. 8 Entonces les dijo:
—Sacadlas ahora y llevadlas al maestresala.
Así lo hicieron. 9 Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, sin saber de dónde provenía —aunque los sirvientes que sacaron el agua lo sabían— llamó al esposo 10 y le dijo:
—Todos sirven primero el mejor vino, y cuando ya han bebido bien, el peor; tú, al contrario, has reservado el vino bueno hasta ahora.
11 Así, en Caná de Galilea hizo Jesús el primero de los signos con el que manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él.
Caná de Galilea parece que debe identificarse con la actual Kef Kenna, situada a 7 km al noroeste de Nazaret. Entre los invitados se menciona en primer lugar a Santa María. No se cita a San José, cosa que no se puede atribuir a un olvido de San Juan: este silencio —y otros muchos en el evangelio— hace suponer que el Santo Patriarca había muerto ya.
Con el milagro de las bodas de Caná Jesús comienza la manifestación de su gloria y la inauguración de los tiempos mesiánicos. El milagro o, como dice literalmente el texto, el «signo» del agua convertida en vino anticipa la «hora» de la glorificación de Jesús (v. 4). El término lo utiliza Jesucristo alguna vez para designar el momento de su venida gloriosa (cfr 5,28), aunque generalmente se refiere al tiempo de su pasión, muerte y glorificación (cfr 7,30; 12,23; 13,1; 17,1). Juan subraya la abundancia del don concedido por el Señor (unos 300 litros de vino). Tal abundancia es señal de la llegada de los tiempos mesiánicos, y el vino, a su vez, simboliza los dones sobrenaturales que Cristo nos alcanza.
En el cuarto evangelio, la «madre de Jesús» —éste es el título que da San Juan a la Virgen— aparece solamente dos veces. Una en este episodio (v. 1), la otra en el Calvario (19,25). Con ello se pone de manifiesto el cometido de María Virgen en la Redención. En efecto, estos dos acontecimientos, Caná y el Calvario, se sitúan uno al comienzo y el otro al final de la vida pública, como para indicar que toda la obra de Jesús está acompañada por la presencia de María Santísima. María colabora en la obra de Jesús desde el comienzo hasta el fin, actuando como verdadera Madre y mostrando su especial solicitud hacia los hombres. En Caná intercede por aquellos esposos cuando todavía no ha llegado la «hora» de su Hijo; en el Calvario, cuando llega la «hora», ofrece al Padre la muerte redentora de su Hijo y acepta la misión que Jesús le confiere de ser Madre de todos los creyentes, representados por el discípulo amado.
En el pasaje de Caná aparece un nuevo significado de la maternidad de María: «Se manifiesta como nueva maternidad según el espíritu y no únicamente según la carne, o sea la solicitud de María por los hombres, el ir a su encuentro en toda la gama de sus necesidades. En Caná de Galilea se muestra sólo un aspecto concreto de la indigencia humana, aparentemente pequeño y de poca importancia (“no tienen vino”). Pero esto tiene un valor simbólico. El ir al encuentro de las necesidades del hombre significa, al mismo tiempo, su introducción en el radio de acción de la misión mesiánica y del poder salvífico de Cristo. Por consiguiente, se da una mediación: María se pone entre su Hijo y los hombres en la realidad de sus privaciones, indigencias y sufrimientos. Se pone “en medio”, o sea, hace de mediadora no como una persona extraña, sino en su papel de madre, consciente de que como tal puede —más bien “tiene el derecho de”— hacer presente al Hijo las necesidades de los hombres. Su mediación, por lo tanto, tiene un carácter de intercesión: María “intercede” por los hombres. No sólo: como madre desea también que se manifieste el poder mesiánico del Hijo, es decir su poder salvífico encaminado a socorrer la desventura humana, a liberar al hombre del mal que bajo diversas formas y medidas pesa sobre su vida» (Juan Pablo II, Redemptoris Mater, n. 21).
La frase «¿qué nos importa a ti y a mí?» (v. 4) corresponde a una manera proverbial de hablar en Oriente, que puede ser empleada con diversos matices. La respuesta de Jesús parece indicar que, si bien, en principio, no pertenecía al plan divino que Jesús interviniera con poder para resolver las dificultades surgidas en aquellas bodas, la petición de Santa María le mueve a atender esa necesidad. Por eso la piedad cristiana, con precisión teológica, ha llamado a Nuestra Señora «omnipotencia suplicante». «El corazón de María, que no puede menos de compadecer a los desgraciados (...), la impulsó a encargarse por sí misma del oficio de intercesora y pedir al Hijo el milagro, a pesar de que nadie se lo pidiera (...). Si esta buena Señora obró así sin que se lo pidieran, ¿qué hubiera sido si le rogaran?» (S. Alfonso Mª de Ligorio, Sermones abreviados 48,2,1).
La Iglesia concede gran importancia a la presencia de Jesús en estas bodas. Ve en ella la confirmación de la bondad del matrimonio y el anuncio de que en adelante éste será un signo eficaz de la presencia de Cristo (cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1613). «Al comienzo de su misión —comenta Juan Pablo II— Jesús se encuentra en Caná de Galilea para participar en un banquete de bodas, junto con María y los primeros discípulos (cfr Jn. 2,1-11). Con ello trata de demostrar que la verdad de la familia está inscrita en la revelación de Dios y en la historia de la salvación» (Carta a las familias, n. 18).
A propósito de la inclusión en el Santo Rosario de los «misterios de luz», comenta Juan Pablo II: «La revelación, que en el Bautismo en el Jordán proviene directamente del Padre y ha resonado en el Bautista, aparece también en labios de María en Caná y se convierte en su gran invitación materna dirigida a la Iglesia de todos los tiempos: “Haced lo que él os diga” (Jn 2,5). Es una exhortación que introduce muy bien las palabras y signos de Cristo durante su vida pública, siendo como el telón de fondo mariano de todos los “misterios de luz”» (Rosarium Virginis Mariae, n. 21).

TIEMPO ORDINARIO CUARTO DOMINGO

La Bienaventuranzas (Mt 5,1-12a) 4º domingo del Tiempo ordinario – A . Evangelio 1  Al ver Jesús a las multitudes, subió al mont...